Entre el bullicio del centro histórico de León, hay un sonido que anuncia frescura: el chispeo del bicarbonato al caer sobre un vaso helado de cebadina. Su espuma rojiza, su sabor entre dulce y ácido, y su toque efervescente la han convertido en una bebida emblemática del Bajío mexicano, inseparable de las tardes calurosas y las charlas entre amigos.
La historia de esta bebida se remonta a 1945, cuando Ramón Arrieta, originario de Guadalajara, Jalisco, inventó y registró la fórmula original como una alternativa natural para combatir el calor. Dos años después, Arrieta se mudó a León, donde abrió la primera tienda ‘La Cebadina’ en pleno centro, marcando el inicio de una tradición que pronto conquistaría a toda la ciudad.
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Otras versiones apuntan a José Carpio y su hijo Jesús María Carpio Aldana como los impulsores de su popularidad, tras recibir la receta de un anciano que compartió con ellos el secreto de su fermentado. Aunque al principio la bebida pasó desapercibida, con el tiempo se transformó en un símbolo leonés, presente en mercados, ferias y puestos callejeros donde se sirve junto a guacamayas y otros antojitos típicos.
La receta original combina fermentado de piña o cebada con piloncillo, pulpa de tamarindo, jarabe de jamaica, agua, hielo y una pizca de bicarbonato de sodio, que al contacto crea su efervescencia inconfundible. Hoy existen versiones con fresa o uva, pero los puristas defienden la clásica: roja, burbujeante y servida al momento.
Más allá de su sabor, la cebadina es apreciada por sus propiedades naturales: es digestiva, diurética y desintoxicante. La piña o la cebada aportan fibra y vitaminas; la jamaica y el tamarindo, antioxidantes; y el bicarbonato, alivio para la acidez estomacal.
Tomarla es más que calmar la sed: es beber historia, identidad y orgullo guanajuatense. Si visitas Guanajuato, no dejes de probar la original en León, donde cada sorbo cuenta una historia que sigue viva desde hace más de 75 años.













