A pocos kilómetros de Dolores Hidalgo, Guanajuato, se encuentra la Hacienda de La Erre, un sitio donde la historia de México permanece entre antiguos muros de adobe, cantera y piedra. Su pasado se remonta a los primeros años del siglo XVII y está estrechamente ligado a los acontecimientos que marcaron el inicio de la Guerra de Independencia.
Los orígenes de la hacienda se remontan a 1606, cuando el virrey Marqués de Montes Claros otorgó mercedes de tierras a Pedro Rodríguez Montero, quien posteriormente las vendió al doctor Hernán Carrillo Altamirano, abogado de la Real Audiencia de México. A través de sucesivas compras y herencias, estas propiedades se fueron integrando hasta formar el extenso latifundio conocido como La Erre.
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Durante el siglo XVIII, la finca perteneció a la familia Mejía Altamirano y de Tovar y posteriormente a Carlos de Luna y Arellano y Sámano, mariscal de Castilla. Para finales de ese periodo, se había consolidado como una de las haciendas más prósperas del norte de Guanajuato, con extensos terrenos que llegaban hasta los límites con Michoacán y San Luis Potosí.
Su nombre estaría relacionado con la particular traza del conjunto, organizada en forma de letra “R”, una muestra de la distribución funcional de las grandes propiedades rurales virreinales. Parte de aquella arquitectura todavía permanece en el sitio, incluyendo el casco original, portadas de cantera, patios interiores, muros de adobe reforzado y un antiguo acueducto de cantera.

Uno de sus elementos más representativos es la capilla de la Asunción, construida en 1673, que forma parte del patrimonio histórico que ha sobrevivido al paso del tiempo.
Pero la relevancia de La Erre trasciende su arquitectura. El 16 de septiembre de 1810, después de pronunciar el Grito de Independencia en Dolores, el cura Miguel Hidalgo y Costilla emprendió el camino hacia San Miguel el Grande acompañado por un creciente grupo de campesinos e idealistas. La hacienda fue uno de los primeros puntos de descanso de las fuerzas insurgentes.
En este lugar, los rebeldes hicieron una pausa para almorzar y recuperar fuerzas. De acuerdo con la tradición histórica de la región, fue también aquí donde Hidalgo organizó formalmente el primer Estado Mayor de la insurgencia y otorgó mandos militares a personajes fundamentales de la lucha, entre ellos Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo.
La memoria oral conserva además el relato de una misa celebrada por Hidalgo al aire libre, bajo la sombra de un mezquite, antes de que las tropas continuaran su marcha. Según esta tradición, el sacerdote encomendó la causa insurgente a la protección divina y bendijo a los primeros combatientes.
Antes de abandonar la hacienda, la tradición atribuye a Hidalgo una arenga dirigida a sus seguidores: “Adelante señores, vámonos, ya se le ha puesto el cascabel al gato, falta ver quiénes son los que sobramos.”
Aunque buena parte del casco colonial se encuentra actualmente en ruinas, La Erre conserva elementos que permiten reconocer la importancia que tuvo en el pasado. Sus muros, la capilla de la Asunción, el acueducto y una de las emblemáticas estelas con cabeza de águila de la Ruta de la Independencia mantienen vivo el vínculo del sitio con uno de los episodios fundacionales de México.
Hoy, recorrer La Erre significa acercarse a un capítulo de la historia nacional desde el propio escenario donde los primeros insurgentes hicieron una pausa y comenzaron a organizar el movimiento que cambiaría el rumbo del país.












